2019.06.15

El Pinòs ~Monte Arabí

Para las 7:00h estoy en marcha. Me noto cansado, no estoy descansando lo necesario y ayer fue agotador. En la cafetería del polígono donde desayuno conozco a un hombre que me cuenta que suele hacer el camino de Santiago en bici, me desea buen viaje. Voy tirando hacia Yecla, de nuevo en Murcia. El camino es corto, sólo veinte kilómetros pero esta vez no es el sol sino el viento el que me lo pone crudo. Pedaleo armado de paciencia, con el viento en contra durante todo el trayecto, cruzándome con grupos de ciclistas que flipan de «mi hazaña», de pedalear cargado como voy en estas condiciones. No obstante el recorrido resulta ser muy creativo: me vienen a la cabeza imágenes e ideas a desarrollar y entre ellas, la imagen de una diana con los seis colores del arco iris y mi logo en el centro, un símbolo que se me aparece clara expresión de lo eterno contenido en los diferentes matices de la existencia mundana.

Cuando llego a Yecla, con los tres euros y pico que me quedan encima, compro un montón de jamón, una cerveza, un tomate y una barra de pan integral. ¡Buena compra! Puedo comerme un bocata y me sobra jamón para otro rato. Antes de comer, en la plaza Mayor, la chica de la oficina de turismo, me da un montón de claves para poder continuar agradablemente mi viaje. Especialmente interesante es una montaña con curiosas formaciones y una gran cueva «horadada», que además tiene pinturas rupestres y petroglifos. Está de camino a Albacete, justo al final del territorio murciano. Visualizo dormir por allí, abandonando la idea de continuar por Almansa, aunque cuente con un embalse en donde me podría bañar y pese a que también hay estación de tren. Como en un banco de la plaza frente a la oficina de turismo, leo textos sobre la ciudad y sobre Azorín, que vivió aquí hace más de un siglo y sobre la ruta que emprenderé luego cuando no pegue tanto el sol. Antes de salir me echo una siesta en una piedra sobre las escaleras de la iglesia. Un gitano me previene sobre la idea de dormir aquí, por su mala experiencia con ladrones y policía. Me despiertan de la siesta más gitanos, dos chicas y un chico. La cosa es que quieren inflar la rueda de su bici con mi mancha. Después de la reparación consultaré el móvil un momento y, inusitadamente, me aparecerá una recomendación de un inglés experto en hinduismo, hablando de los koshas: una especie de diana formada por seis círculos de colores básicos que, como las capas de una cebolla, cubren concéntricamente el alma (ATMAN), que está en el interior. Se ha de pelar la cebolla para llegar al centro.

Antes de salir de Yecla decido visitar la zona del castillo, donde hay unas excavaciones de un antiguo poblado árabe del siglo XII y una bonita vista de la región. Subo una dura cuesta haciendo un zigzag y acompañado por un via crucis cuyas estaciones, ilustradas con bonitos mosaicos dentro de hornacinas, van haciendo más ameno mi particular calvario. Cuando llego arriba, después del esfuerzo, descubro que tengo la rueda de atrás pinchada. No tengo ganas de arreglarla, así que me limito a hincharla con la idea de hacerlo abajo, tras bajar la cuesta y avanzar un rato, mientras aguante. Lo sorprendente es que aguantará las dos horas que tardearé en llegar al monte Arabí. No puedo dejar de pensar que ha tenido algo que ver el haber hecho el via crucis concentrada y sostenidamente, empatizando a través de mi propio sufrimiento con el sufrimiento de Cristo.

Ya en el monte Arabí, voy a visitar las pinturas rupestres y a dar un paseo por la zona, mientras se acerca el anochecer. Estoy cansado pero estimulado y también hambriento. Me he comido viniendo el último plátano que me quedaba y no tengo pan para acompañar el jamón que me ha sobrado de la mañana. Me imagino entonces una barra de pan, integral, como a mi me gusta. Me la imagino con nitidez, con conciencia de estar haciendo alguna clase de proyecto mental pero sin vincularlo a un resultado específico, simplemente me concentro en una barra de pan imaginaria. Mientras, voy acercándome a la única casa del lugar, esperando ya sí que haya alguien y pueda darme algo de pan pero no hay nadie, estoy en un lugar muy solitario. Desde ese punto, escucho enseguida las risas de un pequeño grupo de chicas que avanza en la oscuridad por el camino. Cuando las tengo enfrente me dirijo a ellas y les pido algo de agua mientras les hablo de mi viaje pues se muestran interesadas. Nos despedimos y vuelve a inundar mi pensamiento la barra de pan. Entonces, una chica se vuelve y me dice: «Oye, ¿quieres medio bocadillo de jamón que me sobra?». «¡Sí!» le digo y me regala también un plátano. Otra chica me da nueces, otra, almendras y, la última, una barra de pan integral.

Después de cenar, me acuesto, sin montar la tienda, bajo la luna casi llena que ilumina el pinar en le que me encuentro, en un estado prácticamente beatífico.

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