Vic ~ Sant Andreu de la Vola //
Paso la mañana en Vic. Desayuno en un bar y leo algún fragmento del Bhagavad Gita. Después visito el Museo Episcopal.


Me pregunto sobre la naturaleza del bien y del mal. Veo que todo es perfecto y necesario, incluso lo malo, porque todo está en su justo punto de evolución. Si en vez de sólo contemplar la creación desde fuera te mezclas con la vida, ayudas a otros seres a que imiten tu sabiduría, con tu ejemplo. Tú no puedes contaminarte ya. La luz vence a las tinieblas. Si alguien te hace daño o quiere pasar por encima de ti hay que dejarle que lo haga para permitirle continuar con su evolución.



A las 16:30 h salgo hacia Torelló por carretera. El camino es plano hasta Manlleu y Torelló y, a partir de ahí, mi intención es coger la C37 pero cuando voy a acceder a ella veo una señal de prohibido circular bicicletas así que tomo un camino que discurre paralelo a la carretera. Un camino que resultará ser muy accidentado, durísimo, con subidas y bajadas muy pronunciadas y con el suelo repleto de piedras menudas y resbaladizas. Mientras aún puedo ir en bici «algo» me dirige en los momentos más difíciles y me conduce en zigzag tomando el mejor recorrido para no resbalarme. Es como si a fuerza de concentración y de voluntad, algo me ayudara, me empujara… una energía que está en mí pero que también está fuera. Llega un momento en que me es imposible subir pedaleando las cuestas y tengo que bajarme de la bici y empujarla e incluso tengo que descalzarme para mantener el equilibrio y no resbalar porque llevo unas zapatillas de suela completamente lisa, unas alpargatas nada óptimas para la ocasión. No sé de dónde estoy sacando las fuerzas pero consigo remontar una última cuesta que parecía imposible. Entonces me encuentro a un hombre muy amable que me indica que enseguida me encontraré con Sant Pere de Torelló siguiendo un camino asfaltado que está a unos pocos metros, así que enseguida podré abandonar este camino por el que ya no podía seguir avanzando ni un paso más. Prueba superada.
Nada más tomar la carretera que me acaba de indicar mi ángel del día, aparece un río cruzando el camino. Regalo. Después de bañarme, como algo, me echo una siesta y subo al pueblo remontando una cuesta super dura. Está resultando todo muy al límite y eso que yo pensaba que hoy sería un día fácil y que podría llegar a Olot. Entro en una tienda de ultramarinos y un hombre al que le inspira mi rollo me informa de que la carretera que pretendo seguir es muy empinada, tanto que los coches tienen que ir en segunda según me cuenta. Me sugiere que vaya sólo hasta el siguiente pueblo, Sant Andreu de la Vola y que, una vez allí tome la carretera a la altura de los túneles. Me tranquiliza diciéndome que no cree que pase nada por hacer sólo unos pocos kilómetros por esta carretera prohibida a las bicicletas.
A partir de ahora el camino será de sube y baja. Más de sube que de baja. Duro camino de continuas y cerradas curvas entre un precioso paisaje boscoso de montaña que hago prácticamente solo. Hablo con Lucía por teléfono, la amiga que me espera en el pueblo que va a ser mi nuevo hogar. Me cuenta que por esta carretera vieron una vez un tejón. Ya empieza a anochecer cuando llego a Sant Andreu de la Vola. Planto la tienda a la entrada del pueblo, junto a un río, en un terreno privado pero solitario, de fácil acceso, junto a una gran casa en la que parece que no haya nadie. No hace frío pero sí más que los días pasados porque estoy a más altitud.


