2011.11.01

Estoy mal, muy mal. Estos últimos tiempos con frecuencia me siento tan desconectado que, a veces y, no sé porqué, me tumbo desnudo en la bañera en posición fetal mientras meo y unto mi cuerpo en mis orines. Este acto me da una cierta sensación de arraigo, me tranquiliza.

Salgo a correr. Correr es lo único que mi cuerpo puede hacer para liberar la presión que me está ahogando. Subo a la montaña de Montjuic hasta que llego al Museo de Arte de Cataluña. En los alrededores encuentro un camino que conduce a un lugar que nunca había visitado pese a las innumerables veces que había paseado por la zona. Dejo de correr. Me encuentro en un camino que desciende helicoidalmente rodeado de una vegetación exuberante. Mientras voy bajando recuperando el aliento, soy consciente de lo afortunado de encontrarme en este lugar y rezo para que nadie interrumpa lo que intuyo que va a ser un momento muy íntimo y con grandes posibilidades de transformación. Cuando llego al fondo del embudo, tras tres o cuatro vueltas, me hallo en un riachuelo de agua clara que desciende de la montaña. Me saco la camiseta, me descalzo y meto los pies en el agua mientras contemplo los altos árboles que me circundan. Estoy asombrado y me siento gratificado por estar en este lugar en completa soledad.

Comienzo instintivamente a mover la parte superior de mi cuerpo en una danza sutil. Mis brazos ondean suavemente, sintiendo cada parte de mis extremidades superiores, desde los hombros a las yemas de los dedos como si estuviera jugando con la energía que recorre mis músculos y mis huesos. Respiro suavemente y siento una gran calma. De repente, comienzo a experimentar una «respiración» a través de un canal que se corresponde por situación con la columna vertebral pero bastante más ancho. Una suave y densa corriente similar al aire se origina en el sacro y asciende suavemente hasta la altura de las dorsales, aproximadamente donde se encuentra el corazón. Después, igual de suavemente, desciende de nuevo y vuelta a empezar.

Miro a mi alrededor y observo cómo los árboles son de un color intenso como bañados por una luz que intensifica los tonos. Ya no soy yo. Soy lo que veo y lo que veo forma parte de mí.

Al ser consciente de lo que está ocurriendo, al pensar sobre ello, la sensación se desvanece pero la recupero de nuevo cuando reanudo el baile y me dejo llevar. Unos segundos más y finaliza. Aún estoy solo en este lugar y en este momento. Me visto y emprendo el camino de subida por la helicoide hacia la salida del parque. Estoy tranquilo, como en estado de gracia, aquí y en otro lugar indescriptible a la vez. No sé que ha ocurrido, nunca he oído hablar de la posibilidad de experimentar algo así. Me siento especialmente bien, conectado, despejado, despierto, seguro, en paz. Vuelvo a casa.

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